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EL 21 -12 – 1948
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DE CARNE, LECHE Y EVOLUCION
DE CARNE, LECHE Y EVOLUCION
La carne es alimento de hombres, carne pura y no leche que se queda para los imberbes. Solo deberían comer carne los cazadores, aquellos que se enfrentan con valentía a su presa, como hacían nuestros ancestros primitivos. Hace falta el factor de incertidumbre, el riesgo, la adrenalina para que la caza sea un trofeo digno de incorporarse al organismo del héroe. Sí señor. Todo un héroe será aquel que asimilando la fiereza de la bestia alimente su naturaleza. Curiosamente este es un principio utilizado por algunos chamanes en la selva amazónica de Brasil que lo ritualizan durante las iniciaciones de los jóvenes deseosos de incorporarse a las prebendas que la madurez ofrece. Las ceremonias para cualquier occidental resultan pueriles porque no conocemos el idioma de la selva, de lo primigenio, porque estamos inmersos en nuestra cultura salvavidas por la que tanto han luchado nuestros antecesores, una vida mejor, pero que nos ha separado del sentido profundo de la naturaleza.
Las hembras ancestrales de nuestra especie no salían a cazar, aunque seguro muchas también podrían hacerlo. Ellas no necesitan buscar la experiencia de sangre y dolor en el exterior, va implícita en su naturaleza puesto que al parir derraman su sangre, sienten dolor y miedo, igual que el cazador primitivo. También se manchan de sangre, pero en este caso para dar vida. Sangre de vida, sangre de muerte, siempre presente.
El hombre que come carne ha de enfrentarse a su propia crueldad y dolor, no valen paños calientes: o matas o mueres; la tercera vía consiste en escaquearse mediante engaños hasta la próxima encrucijada. Así hasta el final. Suena a lo mas contrario a nuestra civilización, a animalidad pura y sin embargo mucho me temo que bajo la máscara que la civilización nos ha enseñado a utilizar, aquellos que consiguen no confundirse con ella, se dan cuenta de la crueldad de la vida reflejada en las distintas culturas, en las diferencias esenciales entre humanos nacidos aleatoriamente en distintos lugares del planeta.
Si nos fijamos detenidamente en nuestros congéneres podríamos hacer paralelismos con esos compañeros de planeta que describimos como animales, inmersos en nuestra vana superioridad. (La misma que nos destruirá, si no lo está haciendo ya.) Unos somos tiburones, águilas, caballos, primates de diversa índole como bonobos o gorilas; cerdos, gallinas, liebres, ratones, tigres, leones, serpientes, cocodrilos, cigüeñas y así hasta un interminable etc. A lo mejor es por esto mismo que el horóscopo chino está asimilado a ciertos animales.
Creo que estoy escribiendo sobre la supervivencia. La vida necesita el dolor de matar para permanecer viva. Se engulle a sí misma para poder parirse con dolor. Vida y dolor van indisolublemente unidos. ¿Por qué rechazamos este último? si forman parte del mismo eje.
VIVIR PARA APRENDER PARA VIVIR
DE ENSEÑANZAS Y APRENDIZAJES
Al hilo del próximo reality que se nos viene encima: ese de las desventuras de unos adolescentes del momento en un internado de los años sesenta del siglo pasado, me han entrado ganas de contar como funcionaba la vida escolar en aquellos tiempos.
En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado existía el bachillerato elemental desde los 10 a los 14 años y el superior de los 15 a los 16 más un año conocido como Preuniversitario a eso que el adolescente deseara ingresar en cualquier facultad o escuela universitaria. También existían dos formas de examinarse para obtener el título de bachillerato: Oficial o Libre. Los oficiales eran aquellos estudiantes examinados en su propio centro escolar y calificados por sus profesores de curso teniendo en cuenta las notas mensuales, de tal forma que aquellos con una media de aprobado por asignatura a lo largo del año apenas si necesitaban examinarse de una pequeña parte de cada materia a final de curso.
Los libres se supone que podían estudiar en cualquier lugar, incluso en su casa, aunque la mayoría estudiaban en escuelas no reconocidas para designar las puntuaciones finales por razones diversas. En estos casos se matriculaba a los estudiantes en los institutos oficiales de la zona y tenían derecho a exámenes globales a final de curso de cada una de las asignaturas del curso, todos ellos realizados en un par de mañanas. Eran los profesores titulares de la cátedra de cada instituto y sus adjuntos los encargados de corregir los exámenes “de los libres”.
La mayoría de los colegios pertenecientes a monjas o frailes eran considerados centros oficiales y por tanto sus alumnos se podían librar del consabido terror fin de curso, salvo que fueran unos zotes o tuvieran algún problema personal con alguno de sus profesores.
La divisoria entre el bachillerato elemental y el superior así como el final de este mismo lo jalonaban las Reválidas (de revalidar conocimientos) unos megaexámenes de todas las asignaturas estudiadas del primer al cuarto curso, es decir, de los 11 a los 14 años (este era el peor trago, cuatro cursos de un golpe). La segunda reválida solo era de dos cursos, lo cual, acompañada de una madurez de 16 primaveras, más la experiencia de la anterior permitía a los chic@s afrontarla con mayor tranquilidad. Dichas reválidas eran exámenes libres, es decir donde tanto los alumnos de centros oficiales como los de los libres, tenían que presentarse en las mismas condiciones libres, descritas anteriormente.
Las monjas que estudiaban en conventos y se examinaban en la modalidad de “libres” eran las que más chuletas podían portar entre sus hábitos. Solían ser bastante mayores que el resto de los examinandos. La mayoría eran alumn@s de colegios y academias más humildes que no recibían los “permisos” oficiales. Los centros bilingües eran pocos y bastante mal considerados entre los oficiales dado que su mayor hincapié en un idioma foráneo era un concepto considerado como antipatriótico, sobre todo si este idioma era el inglés mientras Gibraltar permanecía británico.
Mi colegio pertenecía a este último grupo. Se decía que solo podían permanecer en él los alumnos más sacrificados ya que hacían un doble bachillerato: Cinco horas de la mañana pertenecían a la cultura británica con sus respectivas asignaturas y textos correspondientes. Por las tardes tres horas estaban dedicadas al bachillerato oficial del reino. A esto había que sumar doble ración de deberes y de asignaturas.
Siempre pensé que los mayores eran muy afortunados, solo tenían que trabajar entre ocho y diez horas, volvían a su casa y podían mandar a los demás. Sin embargo los niños como yo estábamos ocho horas mínimo en el cole mas al menos cuatro horas diarias de estudio, a excepción de los dotados de memoria fotográfica o simplemente genios. Además teníamos que seguir recibiendo órdenes de los mayores. Necesitábamos jugar. ¿Cuándo? Tras esta experiencia en la infancia la universidad sería pan comido.
La parte buena de esta forma de vida era que nos educaron de una forma bastante laica, muy liberal, disciplinada pero divertida. El colegio era mixto y no existía la más mínima discriminación. El hecho de examinarnos de forma libre nos liberaba de la opinión y del ritmo que los profesores españoles nos impusieran así como de las notas mensuales que nos pusieran, en tanto tuviéramos todas las materias bien aprendidas a final de curso. Era como vivir dentro de una burbuja de colores aunque esta se encontrara entre barrotes.
En otro orden de cosas y a quien pueda interesar, la escribidora de estas líneas nació en 1948, fue de las pocas mujeres de su generación educada en una escuela liberal pero encerrada en un país atrasado, inmerso en un amenazante sistema dictatorial y eclesiástico. Que se hizo preguntas desde su más tierna infancia y no le valieron las respuestas que recibió porque nunca entendió la sinrazón de sus mayores; que el tiempo fue dándole poco a poco la razón y las circunstancias le permitieron encontrar respuesta a la mayoría de sus interrogantes. Esta labor le ha llevado medio siglo de búsqueda sin pausa, investigando en todo tipo de fuentes: literarias, religiosas, mitológicas, masónicas, esotéricas, científicas. Que todas ellas le han sido útiles en su momento y que unas le han llevado a otras pero en este momento, la que considera más fiable, donde parece que la debilidad humana impregna menos la información que ofrece, es la estrictamente científica, puesto que los científicos, en términos generales, se caracterizan tanto por ser concienzudos en su búsqueda como por su humildad al reconocer que siempre falta por saber mucho más de lo que se conoce.
Ahora que la que suscribe siente que no pertenece a ningún gremio, aunque en su día la enseñanza le diera de comer. Sabe que tan solo resta un ser vivo común que observa, escucha y saca conclusiones dentro del ámbito de lo común, del sentido común.
SCHEREZADE
SCHEREZADE
Scherezade era una joven musulmana elegida por el desconfiado sultán de turno para ser su esposa por un día, puesto que a la mañana siguiente la mandaría ejecutar. El hobby de este mal hombre era merendarse un virgo al día, tras lo cual la hembra de turno era eliminada cumplida su función. Scherezade sabía lo que le esperaba, la diferencia con las demás es que poseía una infinita imaginación, seguramente a consecuencia de su gran inteligencia. Desde la primera noche comenzó a narrar historias y aventuras más o menos procaces a su monarca dejando los finales pendientes para el día siguiente, de este modo el sultán quedaba en vilo por conocer el final de cada cuento y nunca podía mandarle ejecutar. Con el tiempo y tras mucho cuento el monarca acabó enamorándose de esta mujer tan particular que acabó convirtiéndose en su favorita.
Este es el hilo conductor de Las mil y una noches, un clásico de la literatura mundial. Me refiero a esta obra para reivindicar la enorme importancia de la imaginación en el desarrollo del individuo. Es un ingrediente elemental de nuestra inteligencia, sin ella no habríamos podido sobrevivir. Implica la capacidad de crear nuevas situaciones para mejorar, también a veces para empeorar. Me hace gracia recordar que mi padre, sin saberlo, empleara la misma técnica para mantener la atención de su hija sentadita a la cabecera de su cama día tras día.
Hace bien poco he tomado una mayor conciencia de mi enorme ignorancia a lo largo de todos estos años, y el hecho de que ahora sepa un poquito más no me exime de su compaña. Así pues he vivido bajo unas premisas que ahora me parecen absurdas. Por ejemplo: al ser una niña bastante activa siempre necesitaba estar haciendo algo, cuando descubrí la lectura mi vida se enriqueció cualitativamente, puesto que en lugar de correr sin parar por el pasillo de mi casa-cárcel ya podía volar junto a los protagonistas de todas aquellas historias sin fin. Dejaron de existir aquellos eternos minutos vacíos, se llenaron de aventuras gracias a todos los autores que quisieron compartir su imaginación literaria conmigo.
Como aquel vil sultán devoraba cuento tras cuento y tanto me gustó el negocio que decidí convertirme algún día en autora de los mismos. Estaba siguiendo el patrón más antiguo del aprendizaje, la imitación. Me ha gustado engañarme. Escribía sí, podía transmitir, quizás, pero de ahí a convertirme en autora de éxito, leída en muchos idiomas en muchos países, y sobre todo poder vivir de mis palabras era una quimera. Qué listilla era mi niña: libro = difusión, difusión = dinero, por tanto con un solo libro podría ser tan rica como fuera posible, y además respetada. Menuda optimización del trabajo, que ambición tan ciega. Que cierto es ese refrán de “la ignorancia es atrevida”. Ahora me entra la risa al recordar la enormidad de mi atrevimiento juvenil.
Para llegar a esta última conclusión me he servido de mis prójimos, muchos de ellos tan ignorantes como yo. Escuchar sus razonamientos, sus decisiones y contrastarlos con sus acciones; en suma, observar sus incoherencias me ha servido para dirigir la luz hacia mi “projimidad” para encontrar en lo más profundo de mí las mismas contradicciones ajenas, las mismas lagunas, los mismos miedos. Y de este pozo tan profundo y tan oscuro ha surgido por primera vez algo desconocido para mí, creo que algunos le llaman amor, aunque yo no estoy tan segura porque llamamos amor a conceptos variados. En fin, si amor es todo aquello que une, puedo pensar que la pena sentida por mi misma se ha expandido hacia los otros, me siento unida en ese dolor universal con mis prójimos y quizás esto sea una forma de empatía, un cierto amor. Al entenderme, al entenderles puedo perdonarme y perdonar los aspectos turbios de esta naturaleza humana que compartimos.
DE MORAS Y RECUERDOS
Las clavellinas siguen en mi vida, ahora mas cerca aún, en mi hogar, con todo el aroma de los bellos recuerdos.
EL CEMENTERIO DE LOS INGLESES
Tiene gracia que un nombre tan triste pueda traerme tan buenos recuerdos, pero es así. Este era uno de mis rincones favoritos durante los aburridos veranos que pasaba en San Sebastián. Aquellos veranos infantiles fueron aburridos mientras mi madre me tenia en grilletes debido a mi corta edad. La mujer me llevaba a la playa por las mañanas y a veces me compraba algún que otro chicle que me duraba cerca de una semana. En la playa me divertía bastante y disfrutaba mucho en el mar. Jugaba con unas niñas bastante mayores que yo y con su hermano bastante menor. Me parece recordar sus nombres: Isabel, Aurora y José. Eran de Pamplona, vivían en la calle Estafeta y veraneaban en Euzkadi. La buena de Marieta (mi madre) era un lince: bastante cargada tenía que ir con la bolsa de playa y una niña pequeña para desplazarse desde el centro de la ciudad hasta la playa de Ondarreta en trolebús, como para echarse una sombrilla al hombro. Ya se las ingeniaría para encontrar algún pardillo que le dejara compartir la suya, y lo encontró, le dieron sombra a cambio de palique y de paso la niña estaba entretenida. La vuelta medio mojada en un trolebús abarrotado era un mal menor.
Todo esto no tiene apenas nada que ver con el cementerio de los ingleses, salvo que ambos pertenecen a la ciudad donde veranee durante mi interminable infancia. Quizás no pueda entrar en materia sin explicar la circunstancia que le rodeaba e indefectiblemente la primera circunstancia que siempre me ha envuelto es el factor madre.
No recuerdo como descubrí aquel cementerio, pero desde luego no fue con Marieta. Cuando esta me aflojó los grilletes pude salir a pasear por las tardes con algunos vecinos autóctonos que me llevaron a jugar por el Monte Urgull. Como las correrías por los montes siempre han formado parte de mis mejores sueños, encontré en Urgull un monte real, con caminos plagados de moras y clavelinas salvajes. Debió ser buscando clavelinas que me topé con aquellas lápidas. Me agradaba poder leer aquellos nombres escritos en inglés e imaginarme todo tipo de aventuras a su costa. Este pequeño cementerio estaba plagado de aquellos trofeos florales que tanto me gustaba conseguir aún a costa de perder mi estabilidad. Alguna que otra rata enorme también se agazapaba por el lugar y me daban la ocasión de jugar a perseguirlas hasta sus madrigueras con el primer palo que encontrara en el lugar. Eran grises y feas pero me ofrecían la oportunidad de sentirme fuerte y valiente.
Las moras no siempre estaban maduras, algunas, la mayoría no estaban en sazón, pero si ya estaban negras, antes de que se las zampara otro, ahí estaba yo. Acabó gustándome aquel amargor y si caía alguna madura me sabía a gloria. Año tras año visitaba las tumbas de aquellos compatriotas de mis profesores, sus nombres me resultaban tan cercanos. Era un lugar algo umbrío que se me antojaba maravilloso, casi todas las tardes les visitaba. Además el hecho de que fuera cementerio lo hacía ser lugar poco frecuentado, lo cual aumentaba su valor. Todo ello tuvo mucho que ver con que se me antojara considerar S.S. como la ciudad de mis sueños: mar azul, montes verdes y romántica soledad infantil, doblemente valorada por sentirme apartada de los grilletes. ¿Qué más podía pedirle a una ciudad aquella renegada de la capital?
Llevo varias tardes paseando por, ese lugar de la cornisa cantábrica, situado en un valle entre los Picos de Europa y la cordillera del Sueve, ambos espacios naturales protegidos de gran belleza y a no más de 20 km. de la playa más cercana, donde tengo emplazado un hogar. Por uno de los márgenes de la carretera se asoman múltiples racimos de moras que degusto con gran fruición casi todas las tardes que paseo por el lugar. La mayoría están maduras y dulces pero solo complacen a mi paladar,
tuvieron que ser un par de las moras amargas pese a su color, engañosas ellas, las que rescataran el recuerdo de la niña sentada en alguna roca de aquel cementerio en el monte Urgull, zampando moras, oliendo sus trofeos florales y soñando con ser mayor para poder elegir.
Y eligió la condenada cría, vaya que sí. Entonces no conocía sus límites, ni su resistencia, ni su fuerza, ni su fortuna, pero unos 45 años más tarde se encontró viviendo el sueño de su infancia, en un lugar verde, cerca del mar, rodeada de montañas repletas de moras y clavelinas que crecen en su propio jardín. ¿Será verdad eso de que la fuerza de la fe, deseo o voluntad, según se mire, mueve montañas?