CANTABRICO ESMERALDA

Playa de Ollambre – Cantabria

Cantábrico Salvaje


La pasada semana tuve ocasion de nadar en las aguas del mar Cantábrico, esta vez en aguas asturianas en lugar de donostiarras. Era inevitable recordar mi infancia en esos momentos, el frescor del agua y la energía del oleaje dirigía mis pensamientos en esa dirección. Recordaba aquellos largos baños en la playa de Ondarreta donde di las primeras brazadas que me mantuvieron a flote y disfrute de aquellos pequeños placeres que tan grandes parecian. Las olas me arrastraban inmisericordes alguna que otra vez asustandome con mas de algún revolcón violento hasta que aprendí a eludirlas, bien saltando por encima si no rompían o bien sumergiendome en ellas si ya lo habían hecho. Era una técnica divertida, muy divertida en unos tiempos donde las tablas de surf no existían en los paisajes playeros de nuestra península. Nuestros pequeños cuerpos rígidos y con las manos muy tiesas hacian de tablas de arrastre hasta la orilla.

Medio siglo mas tarde me encontraba me encontraba nadando entre sus olas, esta vez entre surfistas, mas que a nadar estaba volviendo a saltar olas, a jugar con ellas, a flotar en un incansable sube y baja. Noté como pronto me acomodaba a la violencia de aquella marea, volvía a sentirme niña, efectivamente volvía a ser la misma niña esta vez embutida en mi traje de más de medio siglo. Afortunadamente el mar me devolvía su ingravidez y podía sentir el mismo placer de aquel pasado casi siempre tan lejano pero tan cercano en aquellos momentos.

No eran muchas las personas que entraban al mar en la playa de Ollambre aquel mediodía de Septiembre, la mayoría jóvenes surfistas, algunos embutidos en sus trajes de neopreno para resistir el frio. Yo con bragas y camiseta circunstanciales a modo de bañador añejo, pues la zambullida en el mar surgío de un impulso primigenio e inesperado. Aquellas olas me llamaban como las sirenas a Ulises y no me pude resistir a la tentación de aquel placer ondulante. Para poder sentir el vaivén de las olas antes de que rompieran y me obligaran a hundirme bajo su superficie debía alejarme de la linea de surfistas adentrandome a algunos metros de distancia, lo cual me hacia objeto de la observación atenta de los salvavidas, obligada a ser la persona mas alejada de la orilla. Volvía a ser aquella pequeña rebelde, saltando, flotando, nadando, buceando, casi bailando entre las olas, viviendo su humilde plenitud playera.

El mar de las playas asturianas y cántabras es de color esmeralda por reflejar el verde intenso de los montes que les rodean. Cuanto mas cerrada es la playa, mas tipo cala, el verde reflejado en el agua es mas intenso, nada que ver con el inolvidable azul mediterraneo.

Si nadar me supone un enorme placer que podría cuantificar alcanzando un muy alto grado en la escala del placer físico, bien sea en aguas muertas, de piscina, digamos; el hacerlo en estas aguas esmeralda tan vivas alcanzaría el rango de orgasmo omnicelular, elevado a la potencia de los mas entrañables recuerdos infantiles. En aquellos momentos, en los posteriores y en estos que lo estoy rememorando se que la felicidad existe y que me es dispensada con largueza.

Pipa en Ribadesella

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Peripatética.
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