DE MORAS Y RECUERDOS

Las clavellinas siguen en mi vida, ahora mas cerca aún, en mi hogar, con todo el aroma de los bellos recuerdos.

EL CEMENTERIO DE LOS INGLESES

Tiene gracia que un nombre tan triste pueda traerme tan buenos recuerdos, pero es así. Este era uno de mis rincones favoritos durante los aburridos veranos que pasaba en San Sebastián. Aquellos veranos infantiles fueron aburridos mientras mi madre me tenia en grilletes debido a mi corta edad. La mujer me llevaba a la playa por las mañanas y a veces me compraba algún que otro chicle que me duraba cerca de una semana. En la playa me divertía bastante y disfrutaba mucho en el mar. Jugaba con unas niñas bastante mayores que yo y con su hermano bastante menor. Me parece recordar sus nombres: Isabel, Aurora y José. Eran de Pamplona, vivían en la calle Estafeta y veraneaban en Euzkadi. La buena de Marieta (mi madre) era un lince: bastante cargada tenía que ir con la bolsa de playa y una niña pequeña para desplazarse desde el centro de la ciudad hasta la playa de Ondarreta en trolebús, como para echarse una sombrilla al hombro. Ya se las ingeniaría para encontrar algún pardillo que le dejara compartir la suya, y lo encontró, le dieron sombra a cambio de palique y de paso la niña estaba entretenida. La vuelta medio mojada en un trolebús abarrotado era un mal menor.

Todo esto no tiene apenas nada que ver con el cementerio de los ingleses, salvo que ambos pertenecen a la ciudad donde veranee durante mi interminable infancia. Quizás no pueda entrar en materia sin explicar la circunstancia que le rodeaba e indefectiblemente la primera circunstancia que siempre me ha envuelto es el factor madre.

No recuerdo como descubrí aquel cementerio, pero desde luego no fue con Marieta. Cuando esta me aflojó los grilletes pude salir a pasear por las tardes con algunos vecinos autóctonos que me llevaron a jugar por el Monte Urgull. Como las correrías por los montes siempre han formado parte de mis mejores sueños, encontré en Urgull un monte real, con caminos plagados de moras y clavelinas salvajes. Debió ser buscando clavelinas que me topé con aquellas lápidas. Me agradaba poder leer aquellos nombres escritos en inglés e imaginarme todo tipo de aventuras a su costa. Este pequeño cementerio estaba plagado de aquellos trofeos florales que tanto me gustaba conseguir aún a costa de perder mi estabilidad. Alguna que otra rata enorme también se agazapaba por el lugar y me daban la ocasión de jugar a perseguirlas hasta sus madrigueras con el primer palo que encontrara en el lugar. Eran grises y feas pero me ofrecían la oportunidad de sentirme fuerte y valiente.

Las moras no siempre estaban maduras, algunas, la mayoría no estaban en sazón, pero si ya estaban negras, antes de que se las zampara otro, ahí estaba yo. Acabó gustándome aquel amargor y si caía alguna madura me sabía a gloria. Año tras año visitaba las tumbas de aquellos compatriotas de mis profesores, sus nombres me resultaban tan cercanos. Era un lugar algo umbrío que se me antojaba maravilloso, casi todas las tardes les visitaba. Además el hecho de que fuera cementerio lo hacía ser lugar poco frecuentado, lo cual aumentaba su valor. Todo ello tuvo mucho que ver con que se me antojara considerar S.S. como la ciudad de mis sueños: mar azul, montes verdes y romántica soledad infantil, doblemente valorada por sentirme apartada de los grilletes. ¿Qué más podía pedirle a una ciudad aquella renegada de la capital?

Llevo varias tardes paseando por, ese lugar de la cornisa cantábrica, situado en un valle entre los Picos de Europa y la cordillera del Sueve, ambos espacios naturales protegidos de gran belleza y a no más de 20 km. de la playa más cercana, donde tengo emplazado un hogar. Por uno de los márgenes de la carretera se asoman múltiples racimos de moras que degusto con gran fruición casi todas las tardes que paseo por el lugar. La mayoría están maduras y dulces pero solo complacen a mi paladar,

tuvieron que ser un par de las moras amargas pese a su color, engañosas ellas, las que rescataran el recuerdo de la niña sentada en alguna roca de aquel cementerio en el monte Urgull, zampando moras, oliendo sus trofeos florales y soñando con ser mayor para poder elegir.

Y eligió la condenada cría, vaya que sí. Entonces no conocía sus límites, ni su resistencia, ni su fuerza, ni su fortuna, pero unos 45 años más tarde se encontró viviendo el sueño de su infancia, en un lugar verde, cerca del mar, rodeada de montañas repletas de moras y clavelinas que crecen en su propio jardín. ¿Será verdad eso de que la fuerza de la fe, deseo o voluntad, según se mire, mueve montañas?

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Peripatética.
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