VIVIR PARA APRENDER PARA VIVIR

DE ENSEÑANZAS Y APRENDIZAJES

Al hilo del próximo reality que se nos viene encima: ese de las desventuras de unos adolescentes del momento en un internado de los años sesenta del siglo pasado, me han entrado ganas de contar como funcionaba la vida escolar en aquellos tiempos.

En los años cincuenta y sesenta del siglo pasado existía el bachillerato elemental desde los 10 a los 14 años y el superior de los 15 a los 16 más un año conocido como Preuniversitario a eso que el adolescente deseara ingresar en cualquier facultad o escuela universitaria. También existían dos formas de examinarse para obtener el título de bachillerato: Oficial o Libre. Los oficiales eran aquellos estudiantes examinados en su propio centro escolar y calificados por sus profesores de curso teniendo en cuenta las notas mensuales, de tal forma que aquellos con una media de aprobado por asignatura a lo largo del año apenas si necesitaban examinarse de una pequeña parte de cada materia a final de curso.

Los libres se supone que podían estudiar en cualquier lugar, incluso en su casa, aunque la mayoría estudiaban en escuelas no reconocidas para designar las puntuaciones finales por razones diversas. En estos casos se matriculaba a los estudiantes en los institutos oficiales de la zona y tenían derecho a exámenes globales a final de curso de cada una de las asignaturas del curso, todos ellos realizados en un par de mañanas. Eran los profesores titulares de la cátedra de cada instituto y sus adjuntos los encargados de corregir los exámenes “de los libres”.

La mayoría de los colegios pertenecientes a monjas o frailes eran considerados centros oficiales y por tanto sus alumnos se podían librar del consabido terror fin de curso, salvo que fueran unos zotes o tuvieran algún problema personal con alguno de sus profesores.

La divisoria entre el bachillerato elemental y el superior así como el final de este mismo lo jalonaban las Reválidas (de revalidar conocimientos) unos megaexámenes de todas las asignaturas estudiadas del primer al cuarto curso, es decir, de los 11 a los 14 años (este era el peor trago, cuatro cursos de un golpe). La segunda reválida solo era de dos cursos, lo cual, acompañada de una madurez de 16 primaveras, más la experiencia de la anterior permitía a los chic@s afrontarla con mayor tranquilidad. Dichas reválidas eran exámenes libres, es decir donde tanto los alumnos de centros oficiales como los de los libres, tenían que presentarse en las mismas condiciones libres, descritas anteriormente.

Las monjas que estudiaban en conventos y se examinaban en la modalidad de “libres” eran las que más chuletas podían portar entre sus hábitos. Solían ser bastante mayores que el resto de los examinandos. La mayoría eran alumn@s de colegios y academias más humildes que no recibían los “permisos” oficiales. Los centros bilingües eran pocos y bastante mal considerados entre los oficiales dado que su mayor hincapié en un idioma foráneo era un concepto considerado como antipatriótico, sobre todo si este idioma era el inglés mientras Gibraltar permanecía británico.

Mi colegio pertenecía a este último grupo. Se decía que solo podían permanecer en él los alumnos más sacrificados ya que hacían un doble bachillerato: Cinco horas de la mañana pertenecían a la cultura británica con sus respectivas asignaturas y textos correspondientes. Por las tardes tres horas estaban dedicadas al bachillerato oficial del reino. A esto había que sumar doble ración de deberes y de asignaturas.

Siempre pensé que los mayores eran muy afortunados, solo tenían que trabajar entre ocho y diez horas, volvían a su casa y podían mandar a los demás. Sin embargo los niños como yo estábamos ocho horas mínimo en el cole mas al menos cuatro horas diarias de estudio, a excepción de los dotados de memoria fotográfica o simplemente genios. Además teníamos que seguir recibiendo órdenes de los mayores. Necesitábamos jugar. ¿Cuándo? Tras esta experiencia en la infancia la universidad sería pan comido.

La parte buena de esta forma de vida era que nos educaron de una forma bastante laica, muy liberal, disciplinada pero divertida. El colegio era mixto y no existía la más mínima discriminación. El hecho de examinarnos de forma libre nos liberaba de la opinión y del ritmo que los profesores españoles nos impusieran así como de las notas mensuales que nos pusieran, en tanto tuviéramos todas las materias bien aprendidas a final de curso. Era como vivir dentro de una burbuja de colores aunque esta se encontrara entre barrotes.

En otro orden de cosas y a quien pueda interesar, la escribidora de estas líneas nació en 1948, fue de las pocas mujeres de su generación educada en una escuela liberal pero encerrada en un país atrasado, inmerso en un amenazante sistema dictatorial y eclesiástico. Que se hizo preguntas desde su más tierna infancia y no le valieron las respuestas que recibió porque nunca entendió la sinrazón de sus mayores; que el tiempo fue dándole poco a poco la razón y las circunstancias le permitieron encontrar respuesta a la mayoría de sus interrogantes. Esta labor le ha llevado medio siglo de búsqueda sin pausa, investigando en todo tipo de fuentes: literarias, religiosas, mitológicas, masónicas, esotéricas, científicas. Que todas ellas le han sido útiles en su momento y que unas le han llevado a otras pero en este momento, la que considera más fiable, donde parece que la debilidad humana impregna menos la información que ofrece, es la estrictamente científica, puesto que los científicos, en términos generales, se caracterizan tanto por ser concienzudos en su búsqueda como por su humildad al reconocer que siempre falta por saber mucho más de lo que se conoce.

Ahora que la que suscribe siente que no pertenece a ningún gremio, aunque en su día la enseñanza le diera de comer. Sabe que tan solo resta un ser vivo común que observa, escucha y saca conclusiones dentro del ámbito de lo común, del sentido común.

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Peripatética.
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