UN RATO PASADO POR AGUA

 

SÁBADO, 9 DE FEBRERO DE 2013

UN RATO PASADO POR AGUA

En cierto modo me siento en deuda por, sin intención,  haber dejado alguna amargura flotando por este blog, un espacio con aspiraciones a locuelo dentro de los límites propios de mi imaginación y demás condicionantes. 
Es por ello que esta mañana, aunque hubiera deseado que fuera antes, tan solo retenida por el consejo de la “fisio” que me recomendó frenar mi impaciencia, me zambullí en la piscina tras cinco meses, más de cinco terribles meses de sequía por los más diversos motivos, desde físicos hasta circunstanciales pasando por los desesperantes,  dado que llevaré unos veinte años nadando con cierta continuidad, no por gusto, sino por el bien y en previsión de mis prometidos achaques de espalda como una fastidiosa lordosis aplicada desde la cuna. 



Gracias a esta actividad he conseguido sortear varios  inconvenientes,  lo que me consta y tan solo últimamente, cuando he faltado a la cita con mi amada… agua …. por  tantos motivos expuestos anteriormente, es que me ha surgido esta lumbalgia centrada precisamente en ese punto x  a la altura de  la cintura,  el que me dañé seriamente  a los veinte años al caerme desde un columpio en el balneario de Panticosa, cuando este se rompió mientras le estaba “dando fuerte”. Y cuando digo fuerte, es muy fuerte, que una siempre fue bastante bruta para eso del juego y del deporte.¿Cuantas veces no me habré quedado sin poder respirar durante unos segundos por motivo de las chufas?, pero no escarmentaba porque mi cuerpo podía seguir y seguir y seguir. 


 Ya no me avergüenza reconocer que  a esa edad seguía sintiendo por los columpios la misma “atracción fatal” de cualquier crí@ pequeña.  También me entusiasmaban los cortometrajes de Tom y Jerry y cía. así como  leer cuentos de hadas en versión inglesa, de los que no se publicaban en nuestro país pero podía encontrar en la biblioteca británica de Madrid.  Este último fue mi espacio favorito durante muchos años, cuantas horas no habré pasado entre sus paredes y tan gratas, tanto, tanto que su recuerdo se  apunta como  un haber importante en la contabilidad de la memoria de los placeres.



El caso es que mi intención era escribir sobre la horita de la piscina.
Me zambullo de cabeza, como siempre. Al estirarme el músculo lateral izquierdo de la parte central de la espalda, como quiera que se llame,  se resiente. 
Tacogordoquellevaeñe…. te quejas. Venga al principio iremos de espalda para que no te quejes.
Hago unos largos de espalda, me aburren soberanamente, parezco un tanque en la calle de la piscina. Mientras tanto llegan otros piscineros, echan un vistazo, como hacía yo antes, ven al tanque de mi cuerpo y se largan pitando a otras calles.  En el fondo me alegro, me encanta nadar  a mis anchas sin que nadie me moleste.
Como me aburro pronto me plantaré boca abajo y comenzaré el crawl, este va en automático y además me permite divagar de lo lindo.   
Al poco rato  si entra una joven no sin preguntarme antes si es calle de natación libre, osease que le he parecido una torpe principiante, me guste o no, de espaldas, es lo que hay.

                              ¡Yo no soy esa!

Venga, ponte tripa abajo y de crawl, respirando cada tres brazadas. Técnica depurada, fondo amplio, velocidad… ¿lenta? Noooooo, ahora es muy lenta. Horror, he perdido masa muscular decente por un tubo, toda lo que me abulta ahora debe ser de lo más indecente, quiero decir fláccida. 
No queda otra que conformarme, seguir nadando. Con que no duela nada me he de conformar.
La compañera de calle (calle piscinera, se entiende)  me propone nadar cada una por el mismo lateral, me niego exponiendo mis razones, estoy acostumbrada a rotar y como voy en automático no sería la primera vez que ante semejante propuesta se me fuera la olla y viniera a dar de cabeza contra el otro.  
Hemos hecho bien, poco después entra un varoncito, me mira con cierta ¿ironía?, una vieja en neopreno nadando despacio, interrumpiendo el ritmo vivaz habitual. Para más inri lo que no sabe es que no paro y le tocará adelantarme continuamente.


Mira por donde me voy a aprovechar de sus patadones que producen burbujitas y si consigo seguirle será como nadar inmersa en un “spa”.  Ayyyyyyns que apenas si llego, al principio algo, luego adiós burbujitas adiós.. Bah, lo dejaremos, habrá que seguir al ritmo de tortuga.  ¿Y si lo incremento?  Lo intento, la cintura se vuelve a quejar.  Vale, vale tía, ya te vale, iremos despacito.
Y así durante cincuenta y cinco minutos.  Salgo cinco  antes de cumplir la hora para poder elegir ducharme a mis anchas, así cuando lleguen las demás habré acabado. Este es un viejo truco para optimizar la comodidad personal en los vestidores públicos.
Tras una siesta reparadora, (hay que ver qué gusto da dormir tras haber nadado y llenado el estómago), me asomo al blog y aunque el ombligo me rechine de lo lindo de tanto mirármelo, decido hacer esta entrada para ver si  consigo provocar alguna sonrisa a quienquiera que se entristeciera con la entrada anterior.   

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Peripatética.
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